¡Que calor! Ese pasto, que ni es pasto sino más bien fuego verde, recibió a las leyendas de antaño. Que gusto verlos juntos de nuevo. Que emoción escuchar sus nombres por el sonido local y a la gente gritar como si fuese el 82’. Ahí está Mario Hernandez y Rodolfo, los que le conocemos le decimos ‘Triquis.’ Tambien está el profe Tafoya que no se raja y el goleador Ricardo Castro.
Y el Harapos.
Ese mi Harapos.
Que gusto me da verte jugar de nuevo aquí. Que gusto verte correr por el campo en el que dibujabas jugadas de maravilla firmadas con un gol. Que gusto ver como nos recuerdas que esto es, a final de cuentas, un juego y que a ti no se te olvida como jugar.
Que gusto ver como tocas y te desmarcas. Ese centro templado. Ese pase con intención. Esos ademanes inconfundibles. Esos gritos de la gente que no te olvida. Se te quiere por estos rumbos Alfredo. Aquí está tu casa. Diste todo de ti y eso no se olvida. Por eso se te extraña. Por eso se te viene a ver cuando nos visitas.
Yo sé cuanto quieres a este equipo y a esta gente. Se te ve en la mirada. Se te nota en tu manera de pisar el terreno de juego: con respeto, con valentía y con mucho amor a la camiseta. Ya no los hacen como ayer. Y pocos tenemos el gusto de decir tenemos un símbolo que es leyenda. Porque eso es lo que eres Harapos. Porque en eso te convertiste con el sudor de tu camiseta, mucho corazón y lagrimas, tanto de felicidad como de tristeza.
Pero aquí estas de nueva cuenta, aunque sea por un ratito. Algunas cosas nunca cambian, como el calorón del Coruco y el cariño que la gente te tiene. Ese mi Harapos. Que gusto, de verdad, verte de nuevo jugar aquí. Regresaste, pero te juro que para mi siempre has estado aquí.
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Tuesday, July 15, 2008
Tuesday, March 4, 2008
Alfredo "El Harapos" Morales
Hay Muchas cosas que me gustaría decir del “Harapos” Morales, y (para bien o para mal) todas ellas con el peso propio de la parcialidad que conlleva el conocerle tan bien y por tanto tiempo. Alfredo “El Harapos” Morales fue un jugador de futbol profesional en México. Brilló con luz propia en el Futbol Mexicano y fue siempre un referente de los equipos en los que militó, en especial del Zacatepec.
Parecería que “El Harapos” se hizo de la nada, al menos en lo que a preparación profesional se refiere. Llego algún día a mediados de los 70’s a la ciudad de Guadalajara
con una maleta maltrecha, unos cuantos cambios de ropa y con una inconmensurable hambre y sed de triunfo, metafóricamente hablando al principio, pero no pasó mucho tiempo antes de que estas se volviesen literarias.
El Harapos buscó acomodo en varios equipos profesionales de la Primera División Mexicana, lo cual implicaba trasladarse largas distancias generalmente a pie. Alguna vez le escuché decir que cuando fue con el Atlas le dijeron que tenían a decenas de jugadores como el. Que equivocados estaban. Pues no solo no tenían ellos a un solo jugador como el, sino que no había en todo el Futbol Mexicano un jugador equiparable al Harapos.
Eventualmente, el Harapos Morales encontró cabida en el Nacional, un modesto equipo de la Segunda División Mexicana, donde mostró su gran calidad y obtuvo la proyección necesaria para ser tomado en cuenta por los grandes clubes. Fue el Club Jalisco quien finalmente dio al Harapos Morales la oportunidad de debutar en la Primera División nacional. Y fue en este equipo en el que el joven de cabellos güeros retorcidos, enmarañados, que se elevaban varios centímetros por sobre su cráneo se dio a conocer y mostró por primera vez a nivel nacional su impresionante y endiablada habilidad y su no menos extraordinaria capacidad física.
Se le recuerdan innumerables tardes memorables en el estadio “Jalisco.” Jugó apenas un par de temporadas ahí antes de ser transferido a los Tigres, pero dejó una huella profunda en esa ciudad, labor nada sencilla en un lugar en donde el futbol se respira en cada esquina y los ídolos y figuras abundan desde los inicios del deporte en este país. Pero el Harapos estaba hecho de una madera especial, una madera de campo, insubordinada, rebelde, descarada, insolente y noble. Conectaba con la tribuna como pocos y lo mismo generaba cánticos espontáneos que elaboradas porras.
El “Harapos” tenía el poder de poner de pie a los espectadores después de algún quiebre magistral y casi-casi de prestidigitador, y de sembrar defensas contrarias en los campos en los que regaba su magia. El Harapos Morales hizo mancuernas de miedo con goleadores implacables, como Oswaldo Castro “El Pata Bendita,” en el Jalisco y tiempo después con el espigado Ricardo Castro en Zacatepec.
Se puede decir que cuando el Harapos llegó al Zacatepec llegó a donde finalmente debió de haber estado desde un principio. La comunión del jugador con el equipo fue inmediata y la afición le reconoció como su estandarte y referente. Fue arropado por un equipo formado en su mayoría por jugadores locales como uno más de la banda y los resultados fueron inmediatos.
La Selva Cañera pronto se convirtió en un temible infierno para los equipos visitantes, quienes rara vez rescataban algún punto. El Harapos, hombre de pueblo, de formación férrea y carácter indomable vivió sus mejores años futbolísticos en “El Coruco Díaz” a finales de los 70’s y a lo largo de los 80’s.
Pocos jugadores en la historia del Futbol Mexicano han llamado tanto la atención como el Harapos Morales. Por su gambeta, su vertiginosa velocidad, lo templado y preciso de sus centros que eran prácticamente medio gol, por su manera de encarar y desnudar defensas, por su personalidad y carisma. Yo recuerdo al Harapos Morales con cariño porque cada que jugaba lo dejaba todo en la cancha. Le recuerdo como un ganador y líder indiscutible. Le recuerdo porque dio todo lo que pudo dar por el futbol.
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